Aunque los comunicados de prensa de ambos lados se halagaban mutuamente, debajo de las palabras diplomáticas había resentimiento. Por un lado, Schumacher, ya cansado de la tregua que representaban casi 15 años de participación –todos con un 100% de entrega– en la categoría máxima, mostraba el síntoma más típico de los que se queman: la indiferencia, en gran parte extraída por la tenacidad de Fernando Alonso durante la temporada del 2006. Fue también instrumental en su retiro la eventual retirada de Jean Todt y el sabático de Ross Brawn, con quien trabajó durante todas las campañas que culminaron en campeonatos mundiales y cuya influencia lo atrajo nuevamente a la F1, esta vez con Mercedes-Benz.
Lecciones: a los italianos, la idea de que nadie es indispensable continua en pie, gracias a ese inesperado campeonato mundial de Raikkonen en el 2007. Pero la realidad también apunta a un equipo que ya luce cansado, quemado igual que Schumacher y faltos del liderazgo interno que Todt supo entregar a la perfección. Los reemplazos italianos no han servido. Tanto Luca Baldisseri como Mario Almondo desempeñan cargos diferentes a aquellos asignados como reemplazos de Brawn, mientras que Stefano Domenicali, si bien afable, educado y lleno de sangre de Ferrari, presenta un estilo administrativo carente de carácter, ese ingrediente necesario en la mente de los italianos que buscan al caudillo que los guie rumbo al éxito una vez más.
Sólo queda por ver cómo reacciona el equipo luego de su peor temporada en 15 años. Una extrapolación simple apunta a un año exitoso, pero también con la incógnita que produce la falta de una fuerte dirección técnica en una año lleno de reglas nuevas. Es ahí donde la superioridad de la información entregada por Schumacher le dará fuertes dolores de cabeza a Ferrari, donde Alonso puede que entregue información similar, pero sin la ejecución técnica de Brawn, considerado por muchos como el genio técnico de la F1 .

